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La gran edad

Como la “tercera edad” se nos ha quedado pequeña, ya vamos por la “cuarta”. Díganme, ¿cuál es la cuarta edad? Pues no sé, pero debe de estar por encima de la tercera.

Y cuando aquella se vea superada por una longevidad creciente, ya hablaremos de la “quinta edad”. Es como lo de la “cuarta revolución industrial” que, según escribo esta tribuna, debe estar ya dejando paso a la quinta. Y, me pregunto yo, ¿qué pasa con la tercera edad cuando admitimos que hay una cuarta que, obviamente, debe estar carac­terizando un fenómeno demográfico distinto al que caracteriza la tercera? Pues que ahí se queda, perpetuando instituciones decimonónicas.

La edad equivalente hoy a los 65 años de 1900 debe estar comprendida entre los 81 y los 91 años. Y esos mismos 65 es lo que todavía llama­mos tercera edad. Pues bien, hoy, a los 81 años, quedan 9,1 años de vida, que son los mismos que quedaban a los 65 años en 1900. Hoy a los 91 años sobrevive el 26,2 % de una generación (sintética), que es el porcentaje que sobrevivía de una genera­ción a los 65 años en 1900. Son dos métricas bien solventes que nos dicen que los 81-91 años de hoy equivalen a los 65 de 1900. O que hoy a los 81-91 años nos encontramos “tan bien” como a los 65 en 1900.

La gran edad de 1900 no eran exactamente los 65 años, pero esa era la edad de jubilación entonces, cuando la esperanza de vida al nacer era, en España, de unos 37 años para ambos sexos. Re­sulta que, desde entonces, la esperanza de vida es más del doble, aunque la edad de jubilación sigue siendo la misma, la tercera edad.

Tampoco sé cuál es la “gran edad” hoy, pero me apuesto cualquier cosa a que ya no son los 65 años. Aunque si tuviésemos que definirla como aquella edad que pasó a ser la de jubilación cuando se inventó la Seguridad Social, esos 65 años alrede­dor de 1900, deberíamos admitir inmediatamente que la gran edad es una diana móvil. Es decir, que su fundamento es una edad funcional y no cronológica.

La adopción del criterio de la “gran edad” tiene muchas ventajas y algunos inconvenientes. La gran ventaja es que cada cierto tiempo podríamos reinventar la Seguridad Social “recalculando” la gran edad. O incluso, podríamos adaptar nues­tros sistemas de pensiones al gran diseño de la Seguridad Social: asegurar la gran edad. Es decir, asegurar a los trabajadores llegada su gran edad contra las contingencias que dicha condición produce, fundamentalmente la jubilación. Esta adaptación haría, inmediatamente, sostenibles y a la vez suficientes las pensiones.

Obviamente, no se trata de jubilar a los trabaja­dores a una edad entre los 81 y los 91 años. Pero, admítanlo, la jubilación a los 65 (la edad efectiva es de unos 63 años) no se puede pagar como nos gustaría. Así que algo debe hacerse en materia de edad de jubilación, con la necesaria flexibilidad para encajar una casuística variada, que haga al sistema más sostenible. Por ejemplo, que la edad de jubilación se establezca mediante la regla “esperanza de vida – x”. De esta forma, iremos adaptando la edad de jubilación a la esperanza de vida, teniendo en cuenta, de alguna manera, el dinamismo de la “gran edad”.

La idea de la gran edad tiene un gran inconve­niente, o dos. Frustra a los inmovilistas, que son muchos, los entusiastas de un sistema de pen­siones al que van a acabar por dejar exhausto. Y también perturba la fantasía de quienes quieren segmentar el mercado por edades, los entusiastas de la “economía de las canas” que solo ven viejos por todas las partes.

Sobre el autor

José A. Herce
Director asociado de Afi y autor de A vueltas con las pensiones