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Capacidades vitales de los mayores desde una visión biomédica

El diccionario de la Real Academia de la Lengua define el término vitalidad como “Que está dotado de gran energía o impulso para actuar o vivir”. También lo define como “perteneciente o relativo a la vida”. Sin embargo, la capacidad vital desde el punto de vista entendida exclusivamente biomédico es “la cantidad máxima de aire que una persona puede expulsar de los pulmones tras una inhalación máxima” que correspondería realmente al sumatorio de la capacidad inspiratoria más el volumen de reserva espiratoria. La capacidad vital pulmonar disminuye con el envejecimiento por la disminución de la elasticidad de los pulmones y de la caja torácica.

Profesor Dr. Antonio López Farré. Catedrático del Departamento de Medicina. Facultad de Medicina, Universidad Complutense de Madrid. Académico Correspondiente de la Real Academia de Medicina de España.

El diccionario de la Real Academia de la Lengua define el término vitalidad como “Que está dotado de gran energía o impulso para actuar o vivir”. También lo define como “perteneciente o relativo a la vida”. Sin embargo, la capacidad vital desde el punto de vista entendida exclusivamente biomédico es “la cantidad máxima de aire que una persona puede expulsar de los pulmones tras una inhalación máxima” que correspondería realmente al sumatorio de la capacidad inspiratoria más el volumen de reserva espiratoria. La capacidad vital pulmonar disminuye con el envejecimiento por la disminución de la elasticidad de los pulmones y de la caja torácica.

Pero volviendo a la capacidad vital desde su concepción si me permiten calificarlo como más popular, es decir la que entenderíamos como sinónimo de “vitalidad”, esta también disminuye con el transcurrir de los años. No obstante, no en todas las personas su capacidad vital se modifica por igual al de sus coetáneos. De hecho, la diversidad de las personas desde el punto de vista de la biomedicina y la salud aumenta con la edad.

Son múltiples los factores que pueden influir en la vitalidad de los mayores. Entre ellos evidentemente tendríamos que considerar desde factores socioeconómicos, psicológicos, hábitos de vida incluido aquí la alimentación y el ejercicio físico, la fragilidad y también factores genéticos por nombrar quizás los más relevantes. Por comentar alguno, en cuanto a factores psicológicos podemos considerara que es probable que con la edad y fundamentalmente durante el proceso del envejecimiento, algunas capacidades cognitivas, por ejemplo, la memoria, disminuyan naturalmente. Sin embargo, estas pérdidas pueden compensarse por un incremento de la sabiduría, los conocimientos y sobre todo la experiencia.

En cuanto los hábitos de vida quizás los aspectos nutricionales son de especial relevancia para la capacidad vital de nuestros mayores. En este sentido, lo primero que hay que valorar es las personas de mayor edad tienen necesidades energéticas menores, es decir requieren ingestas menores de alimentos lo que no significa que no requieran nutrientes.

En este sentido, además de problemas relacionados estrechamente con la edad como puede ser masticar o tragar (básicamente asociados a la menor producción de saliva y deterioros de la dentadura), la edad avanzada se asocia también a falta de apetito lo que contribuye a que disminuya la necesidad de ingerir alimentos, y por lo tanto nutrientes, y que ésta sea en muchos casos insuficiente.

Se ha debatido mucho y se sigue analizando las causas asociadas a la pérdida de apetito en relación con la edad. Una de las teorías manejadas es la teoría glucostática. Esta teoría señala que en las personas el ciclo de la saciedad y el hambre, ciclo considerado entre dos periodos de comida principal y que determinará en cada persona el momento del hambre, por lo tanto, de la necesidad de ingerir alimentos, es dependiente de los niveles de glucosa en sangre. Una caída de los niveles de glucosa disparará la señal del hambre. En las personas mayores los niveles de glucosa no parecen reducirse el porcentaje necesario para que se estimule la sensación del hambre lo que hace que se produzca la falta de apetito.

Un cambio importante desde el punto de vista de la nutrición es el aumento de la grasa corporal modificándose también su distribución, reduciéndose la grasa subcutánea y de las extremidades y tendiendo a acumularse en la región abdominal. Ese cambio en la distribución de la grasa corporal y su acumulación en la zona abdominal se ha señalado como un factor de aumento del riesgo de enfermedad cardíaca, diabetes tipo 2 y algunos tipos de cánceres. El fenotipo de obesidad visceral o abdominal de los mayores se asocia con un término relativamente nuevo que es la obesidad sarcopénica. La obesidad sarcopénica se refiere a un fenotipo nutricional en el que concurren un exceso de peso y obesidad abdominal con disminución del tamaño de la masa muscular y de la fuerza muscular. La obesidad sarcopénica puede también observarse en personas físicamente inactivas con ingesta energética elevada. La pérdida de masa muscular se considera que ocurre en valores de decrecimiento de la masa muscular entre 1%-2% de forma anual y la fuerza muscular un 1,5%, doblándose estos valores a partir de los 60 años.

Y, ¿por qué es considerado tan importante la sarcopenia en la capacidad vital de las personas mayores? La respuesta es sencilla. La sarcopenia, como veremos en las siguientes líneas es un fenómeno ligado a la edad y caracterizado por pérdida de masa muscular y fuerza asociada al fenómeno de fragilidad y al riesgo de sufrir enfermedades como las cardiovasculares, infecciosas o el cáncer.

La fragilidad es un síndrome geriátrico de riesgo de discapacidad de las personas mayores que se puede prevenir y, en alguna manera, también revertir o al menos retardar su progresión. En este sentido, la forma de envejecer es un proceso multifactorial, muy variable entre los individuos, que realmente comienza en edades muy tempranas. De hecho, se consideran tres momentos claves en el proceso del envejecimiento del organismo y de su forma de envejecer que son alrededor de los 34, 60 y 78 años. En estos momentos se producirán cambios en las células y en procesos moleculares biológicos, clínicamente asintomáticos, que se asocian fundamentalmente a la regulación de la expresión de genes que a su vez modifican la producción de ciertas proteínas que tendrán impacto en el envejecimiento, en el desarrollo de sarcopenia y en la capacidad vital de la persona. La interacción de estos genes con elementos como los hábitos de vida que favorezcan el sobrepeso/obesidad, el mal metabolismo de los carbohidratos, el estrés, el mal descanso, el alcohol, el tabaquismo o factores desde culturales, socioeconómicos, psicológicos, de sociabilidad etc, van a determinar la forma de envejecer de cada uno de nosotros.

En este punto tendremos que definir otro concepto importante para profundizar en la capacidad vital de los mayores. Ese concepto es el del envejecimiento activo. El envejecimiento activo es el proceso de optimización de las oportunidades de salud, participación y seguridad con el fin de mejorar la calidad de vida a medida que las personas envejecen. El envejecimiento activo no es solamente un concepto exclusivamente asociado a la capacidad de seguir trabajando, sino que hace referencia a una participación continua en actividades de índole social, cultural, espiritual, cívicas etc. El envejecimiento activo trata de ampliar la vida saludable con calidad de vida en las personas según vayamos envejeciendo, incluyendo en el envejecimiento activo a personas más frágiles y también a las discapacitadas.

Hace algún tiempo la empresa Zespri hizo un estudio en España sobre vitalidad concluyendo que los mayores de 65 años son la franja de edad con mayor índice de vitalidad (7,8 sobre 10). En este estudio, la base de la vitalidad se fundamentaba en la actitud positiva, la capacidad de adaptación y resiliencia (capacidad que tenemos para enfrentarnos a situaciones adversas de nuestra vida y la forma en cómo nos sobreponemos a ellas), la motivación y la curiosidad, la sociabilidad y la empatía, y los hábitos de vida saludables. Estos mismos factores son los que además hacen que algunas personas aparentan tener más vitalidad que otras. En el fondo son motivaciones entre las que deberíamos incluir también la abertura hacia las novedades.

Sin duda, una de las actividades que probablemente que engloben muchos de los atributos vinculados a la vitalidad en las personas mayores es el ejercicio físico. Es mejor considerarlo en el término ejercicio físico definido como aquella actividad física que se programa para un fin, mejor que el término actividad física termino que englobaría cualquier movimiento que suponga gasto de energía, lo que podría incluir desde lavarse los dientes a correr una maratón.

El ejercicio físico es un determinante fundamental de la calidad de vida de las personas mayores y por supuesto en sus capacidades vitales. El ejercicio físico no solamente tiene repercusiones físicas como tales como la prevención y mejora de la sarcopenia, pero también en el orden psicológico, ya que potencia factores como la autoestima, la vitalidad, y la interacción social positiva, optimismo etc. Los tipos de ejercicio físico más adecuado para las personas mayores vendrá determinado de forma especifica en función de las capacidades vitales de la persona.

La Sociedad Española de Geriatría y Gerontología publicó en 2012 una guía de acceso de recomendaciones de ejercicio físico para mayores.

Decía el escritor inglés John Ruskin (1819-1900) que “la calidad nunca es un accidente siempre es el resultado del esfuerzo de la inteligencia”. Es evidente que la calidad de como envejecemos es lo que va a determinar las capacidades vitales de cada uno de nosotros en las edades mayores por eso es importante fomentar todos los hábitos posibles relacionados con una buena capacidad vital desde edades muy tempranas porque como hemos explicado el envejecimiento molecular comienza pronto.

Es evidente que nos queda un factor fundamental. Este es el factor genético, factor que va a realmente a determinar la capacidad vital de cada uno de nosotros en el transcurso de la vida. Cada persona tiene modificaciones en nuestros genes que son diferentes y, en algunos casos, con posibilidad de modulación de su expresión en función de los factores ambientales incluidos en la base de la vitalidad. Puede parecer futurista decir que una parte importante de nuestra vitalidad, y evidentemente de la felicidad, es genética.

Uno de los genes involucrado en la felicidad es el gen de la monoamina oxidasa, que da lugar a una enzima con su mismo nombre. Algunas formas de este gen se han relacionado con un riesgo mayor de desarrollar consecuencias negativas asociadas al estrés como puede ser el alcoholismo o incluso la agresividad o un carácter antisocial, pero otras se han relacionado con felicidad ya que favorecen la expresión en el cerebro de un tipo de receptor del neurotransmisor serotonina. La serotonina es conocida también como la hormona de la felicidad, ya que su aumento produce sensaciones de bienestar, relajación, satisfacción y aumenta la concentración y la autoestima. Evidentemente queda mucho por investigar en este campo y conocer realmente los genes que influirán en la capacidad vital de los mayores, pero lo que si parece consistente es que a través de diferentes estudios desarrollados en parejas de gemelos se ha considerado que aproximadamente el 50 por ciento de nuestra felicidad es genética y el 50 por ciento restante es “aprendida”.

El concepto y conocimiento científico del envejecimiento esta cambiando. Algo evidente que ha cambiado y sigue modificándose es que hoy vivimos mas tiempo, lo que ya no es un privilegio de unos pocos. Se estima que, en la Unión Europea, el porcentaje de adultos mayores de 65 años aumentará del 19,5% en 2016 al 29,5% en 2040. Las previsiones son además que en España en el periodo de tiempo 2040-2050 más del 6,5% de la población en España supere los 90 años y la esperanza de vida al nacer sea de 85,8 años a pesar de que la esperanza de vida al nacer probablemente se haya reducido en unos meses por la pandemia del Covid-19, lo que podría tener cierta repercusión en el futuro. Esta mayor longevidad de las personas se comienza a definir como la nueva longevidad.

Pero la nueva longevidad no solamente conlleva vivir mas años, sino vivir de forma diferente, siendo las personas de mayor edad protagonistas de su vida ejerciendo sus derechos de elección, autonomía y vida activa. Por supuesto, la nueva longevidad se debería asociar o vincular al trabajo después de la jubilación. El propio concepto de la jubilación obligatoria, una especie de línea marcada en la arena de la vida, como la que hizo Francisco Pizarro en la isla del Gallo con la punta de su espada diciendo “los que sean valientes que me sigan”, desde un punto de vista biomédico, no tenga hoy probablemente ya mucho sentido. Evidentemente en función de variables como el deseo de la persona, del tipo de actividad laboral (trabajo de exigencia física o más intelectual), del estado de salud, tanto físico como cognitivo, etc, el establecer el inicio de la jubilación a una edad determinada al margen de la vitalidad personal puede no estar justificado para algunas personas que se sientan con fuerza y ganas de continuar su vida laboral activa. La actual no posibilidad de elección libre de edad de jubilación es probable que en muchos mayores esté influyendo negativamente en sus capacidades vitales.

Sobre el autor

Dr. Antonio López Farré
Profesor de la Facultad de Medicina de la UCM y miembro de la Real Academia Nacional de Medicina de España