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Jubilarse o no jubilarse, esa es la cuestión

Envejecimiento activo, autonomía, independencia, calidad de vida, esperanza de vida saludable, son expresiones que, cada vez más, forman parte de nuestro lenguaje cotidiano. Términos cuyo uso revelan cómo las sociedades contemporáneas se van adaptando a un cambio de sensibilidad respecto al envejecimiento, contemplándolo más, como un periodo de oportunidades que como la última etapa de la vida de las personas.

Por Ana Torralba. Fundación Mutualidad Abogacía

Las condiciones ambientales, económicas, culturales y sociales han influido en las formas en las que envejecemos. Desde finales de los años setenta del pasado siglo, hemos experimentado una serie de cambios demográficos (fuerte caída de la natalidad, incremento de la esperanza de vida, la ten­dencia al retorno de población inmigrante que hasta ahora habían ralentizado el proceso de envejecimiento…) que han elevado el peso porcentual de las personas mayores. Permutas que han conllevado a una serie de transformaciones demográficas como la reestructuración de edades, acentuación de viejos desequilibrios territoriales, modificación de las estructuras familiares y ampliación del período vivido en jubilación, lo que está obligando a las autoridades a repensar el patrón de trabajo y jubilación.

El trabajo tiene una trascendencia relevante en la vida cotidiana de las personas, con un significado mucho mayor que una simple estrategia de supervivencia económica. Cumple importantes funciones para el individuo, determinando el rol social del mismo, mientras que regula el ritmo y la actividad cotidiana. Proporciona redes y relaciones sociales que contribuyen a otorgar un significado a la acción individual, influyendo y mejorando la autoestima haciéndonos sentir útil con aquello que más nos gusta.

La mejora del estado del bienestar ha conllevado a que los patrones de tiempos de trabajo se limiten, adquiriendo una serie de derechos. Tanto la jubilación como la prejubilación, suponen ser el paso de una actividad hacia una situación que, en ocasiones, provoca efectos negativos como deterioro del bienestar psicológico y social. Supone salir –anticipadamente en algunos casos-, de una actividad laboral sin a veces estar preparado a los posibles desajustes económicos y emocionales, que estar sin una actividad de la noche a la mañana puede conllevar.  Es, en definitiva, una transición vital como otras tantas, donde tiende a subyacer una falsa noción de ausencia de utilidad social.

Si reflexionamos sobre la jubilación desde una mirada diacrónica, vemos como hay elementos estáticos y funcionalmente lineales del ciclo vital. Las personas, como seres sociales que somos, tendemos a generar expectativas, e incluso, imágenes preconcebidas ligadas a la edad que no siempre suelen coincidir con la realidad. Si a eso, le añadimos que dentro de la lógica del mercado de trabajo se tiende a pensar en términos de que la desvinculación laboral es una necesidad ligada a la edad, corremos el riesgo de caer en un trampantojo. O lo que es peor, dejarnos llevar por un sistema de creencias de asignación de sentido que, mediante códigos particulares, nos permite construir una realidad social dentro de un dinamismo permanente que nos aboca a caer en las garras del edadismo.

La jubilación es un derecho y no una obligación.

En España, si un trabajador o trabajadora decide voluntariamente postergar su retiro laboral, estos reciben muy pocos estímulos por aplazar su cese definitivo. José Luis Escrivá, actual Ministro de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, ha asegurado en varias ocasiones que, “España no es un país que bonifique o premie aquellas personas que se esfuerzan por retrasar su edad de jubilación”. Según el ministerio, solo el 5% de los trabajadores/as que planean alargar su vida laboral lo hacen, optando en mayor medida a la denominada jubilación activa (según fuentes oficiales unas 27.000 personas, de las cuales el 80 % corresponde al régimen de autónomos), compatibilizando el cobro de una pensión contributiva de jubilación con la realización de cualquier trabajo.

Al margen de la decisión que una persona pueda tomar respecto a la edad con la que se quiera jubilar, a muchas empresas puede no interesarles que sus trabajadores más veteranos se vayan retirando, pues son los y las senior quienes capitalizan el conocimiento y su salida repentina, podría suponer una fuga de sapiencia que los nuevos empleados junior no sabrían solventar de una manera rápida y comprometida. Hipótesis no exenta de polémica, ya que para algunos prolongar la edad laboral para quienes lo desean, puede suponer una pérdida de oportunidad para los más jóvenes que se están iniciando en el actual mercado laboral.

Por otro lado, la realidad científica de que no todas las personas envejecemos de la misma manera y con las mismas condiciones, evidencia la existencia de condicionantes socioeconómicos que impactan directa o indirectamente sobre en cómo accedemos a esa nueva etapa. Las personas con un poder adquisitivo medio-alto, suelen llegar a la jubilación en mejores condiciones bio-psico-sociales a diferencia de las menos favorecidas económicamente o en situación de vulnerabilidad social. Afirmación que reitera como la seguridad económica permite satisfacer las necesidades objetivas que agregan calidad a los años de vida que nos quedan, disponiendo de mayor libertad e independencia en la toma de decisiones, que en cierto modo nos conducen a la felicidad.

Jubilarse tarde según el equipo de Investigación de Chenkai Wu de la Oregon State University, puede llegar a alargarnos la vida unos dos años más, así como incrementar los ingresos de la economía familiar entre un 2 y un 4%, siempre y cuando se haya acreditado al menos 25 años cotizados (al menos en España). Tesis que, aunque no son aplicables a todos los casos y los contextos socioeconómicos, a priori trae diversos beneficios sociales (y también económicos en países donde las pensiones son demasiado bajas) a quienes se mantienen en activo profesionalmente pasados los 65 años.

Determinar la edad idónea de jubilación, es como ir de expedición en busca de El Dorado, un imposible. Un tema no exento de polémica que en muy raras ocasiones genera consenso, un dilema numérico para un país que como el nuestro envejece mucho y rápido.

Es una obviedad que el tiempo no pasa igual para toda la población, y lo que hayamos hecho con él, diferirá en nuestra edad biológica, independientemente de cómo sea nuestra genética.

Conseguir entender a qué forma o formas de envejecimiento estamos predispuestos, nos permitirá diseñar una estrategia para prevenir problemas futuros, retrasando posiblemente ciertos procesos ligados al envejecimiento, como es el caso por ejemplo de la jubilación.

Renunciar al derecho a jubilarse o adherirse a la jubilación demorada hoy en día es posible. Para ello es importante que las personas que así lo desean, dispongan de una ocupación que les reporte beneficios (y no solo económicos) así como voluntad para proseguir con su labor.

Auto reconocerse como persona mayor, es sumergirse en la edad sentida. Tal y como argumenta Teresa del Valle en «Contrastes en la Percepción de la Edad» (2002), es necesario explicitar la diferenciación de edad desde el sentimiento, ya que esta se configura a partir de cualidades personales y de carácter que manifiestan grados de autoestima, salud, capacidad de adaptarse a los cambios, habilidades sociales, así como aspectos relacionados con las características del entorno social y afectivo.

Si asumimos que frente a cada edad hay un sentimiento, percibirnos jóvenes dependerá de cómo entendemos y nos enfrentamos al mundo. Jubilarse o no, por lo tanto, ya no será una obligación sino el ejercicio y puesta en práctica de un derecho adquirido bien entendido.