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Mujer mayor, el lento avance para acabar con una doble discriminación

En 2025 los europeos mayores de 60 años serán 114 millones, 38 millones más que tan solo 30 años antes, en 1995. El Viejo Continente pronto dará un nuevo significado a su epíteto, en un proceso marcado por la feminización de la vejez. Este hecho plantea un doble reto social: combatir la discriminación por edad pero prestando especial atención al edadismo femenino, según advierte la ONU.

Por Raúl Alonso. 

En la España de arranque del siglo XXI, el 17% de la población tenía 65 años o más, siendo el 9,8% mujeres y el 7,2% hombres, según datos del INE 2001. Pero las previsiones de población son que en 2025, ese porcentaje se mueva entre el 23% y 24%. Y a medida que la población envejece, destaca más la preeminencia femenina: mientras en la franja de 80 a 89 años hay 1 hombre por cada 1,5 mujeres, entre los centenarios la proporción es de 1 a 4 (fuente ONU, 2002).

La conclusión es evidente, los estados deben adaptar sus estructuras a una sociedad envejecida, sí, pero también feminizada.

¿Es la edad una convención?

“La edad es una construcción social, un periodo de la vida que es definido de manera diferente en varias culturas, aunque con características comunes”. Lo afirman Soledad de Lemus y Francisca Expósito en un extenso artículo titulado Nuevos retos para la psicología social: edadismo y perspectiva de género, publicado en Pensamiento Psicológico, revista  de Pontificia Universidad Javeriana de Cali (Colombia).

“La calidad de vida en esta etapa se ve fuertemente afectada por las actitudes y creencias que la sociedad en general mantiene al respecto”, defienden las investigadoras de la Universidad de Granada en España, una afección que se multiplica cuando a la vejez le sumas el factor mujer:

“La combinación de la vejez y el género como categorías sociales se presenta como un importante reto para la psicología social en el siglo XXI, cuya labor debe ser reconocer, documentar y demostrar cómo la existencia de tales categorías sociales y los procesos que desencadenan, limitan o favorecen la integración de estas personas en la sociedad.”

Si no produces, no vales

Las autoras constatan que la sociedad atribuye al anciano y la anciana un determinado puesto entre el conjunto de actores sociales. Pero se trata de una estructura organizada en torno a la productividad y que por tanto “no tiene en cuenta a los que se han quedado fuera”.

El fenómeno es un producto de la modernidad, consecuencia de una sociedad productiva y consumista, competitiva e individualista. Pero además se rige por una escala de valores dictada por los medios de comunicación con muy poco espacio para el mayor.

La confluencia de estas circunstancias termina cristalizando en un fenómeno conocido como la invisibilidad. “Esto implica el progresivo desinterés que la gente más joven va sintiendo por lo que puede aportar y significar la persona adulta que envejece, cualquiera que sea la situación en que se encuentre”, defienden las profesoras.

Envejecer frente a madurar

Y ese proceso de invisibilidad del mayor parece anticiparse y agravarse en el caso de las mujeres:

“Se las percibe como mayores antes que a los hombres, pasando a ser invisibles mucho antes que ellos en la vida social y, sobre todo, en los medios de comunicación donde se las evalúa más negativamente que a los hombres de su misma edad en cuanto a la apariencia física se refiere”. Un proceso que la escritora Susan Sontag evidenció con elocuencia en su rotundo “mientras los hombres maduran, las mujeres envejecen”.

Un menor peso económico y unos estándares de belleza que resultan más limitantes en la mujer que en el hombre, concluyen un envejecimiento femenino doblemente discriminado: “Limita la libertad de las mujeres para ser felices, sentirse bien, ser percibidas como atractivas y competentes, mientras que los hombres se encuentran con una sociedad mucho más flexible y tolerante a su vejez”, concluyen De Lemus y Expósito.

Y por breve que sea este recorrido por el edadismo con perspectiva de género, no se puede obviar su peor cara, el maltrato físico y psíquico. De nuevo el perfil de víctima desfavorece a las féminas: “mujer mayor de 75 años y con cierta dependencia física”. Maltratadas por sus cuidadoras o cuidadores en un porcentaje importante.

Una concienciación creciente

En los años 50 del pasado siglo se inició un debate sobre el envejecimiento, muy centrado hasta los 70 en el retraimiento o aislamiento del anciano. La Primera Asamblea Mundial sobre Envejecimiento, celebrada en Viena en 1982 con el auspicio de la ONU, ponía en la agenda mundial la relevancia de este tema.

En 1991, se redactan los Principios de las Naciones Unidas a favor de las Personas Mayores. Tres años después cristalizan en un programa de acción de la Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo (El Cairo 1994), que declara 1999 como Año Internacional de las Personas de Edad.

Pero hay que esperar a la Segunda Asamblea Mundial sobre Envejecimiento para que el fenómeno se analice desde una perspectiva de género. Tiene lugar en 2002 en Madrid, y fue Kofi Annan, secretario general de la ONU, quien dijo:

“También hay una dimensión de género muy importante en este retrato del envejecimiento de la humanidad. En casi todas partes del mundo las mujeres viven más que los hombres, tienen más probabilidades de ser pobres en la vejez, corren un riesgo más alto de padecer enfermedades crónicas y discapacidades y de ser objeto de discriminación y marginación. Las mujeres también se ocupan más de cuidar a los demás, y a menudo deben hacer frente a una triple responsabilidad: cuidar de los hijos, cuidar de los padres y, por supuesto, atender su propio bienestar. Pero con frecuencia se pasa por alto su contribución a la familia, la comunidad y la economía”.

Plan de acción contra el edadismo femenino

La declaración de Annan llegó acompañada de recomendaciones para disminuir las diferencias sociales en el envejecimiento entre hombres y mujeres. Sus seis puntos básicos han marcado desde entonces el camino a seguir:

  • Cuestionar los estereotipos mediante la educación, la publicidad y los medios de comunicación.
  • Recabar más información para comprender mejor la dinámica de discriminación que parece sustentarse en las relaciones entre pobreza, envejecimiento y género y, así, poder desarrollar políticas adecuadas.
  • Mejorar las condiciones de vida y la seguridad económica de las mujeres mayores, eliminando la discriminación mediante la equiparación de las oportunidades laborales, los salarios, los derechos de herencia y los planes de pensiones.
  • Mejorar el bienestar y la salud de las mujeres mayores, optimizando la atención sanitaria y fortaleciendo el funcionamiento de servicios de asistencia domiciliaria como alternativa al internamiento, más adecuada al tipo de dolencias crónicas que suele presentar este colectivo social.
  • Fomentar la educación permanente de las mujeres.
  • Mejorar la situación y el bienestar de las mujeres-cuidadoras, reconociendo su importante labor para la sociedad y proporcionándoles asesoramiento especializado, ayuda doméstica y tiempo libre.