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La soledad no deseada

Vivimos en una época en la que se están dando grandes transformaciones urbanas, culturales y cambios en las estructuras familiares. Los vínculos sociales son cada vez más precarios y esto plantea nuevos retos como la soledad no deseada de la población en general y de los mayores en especial.

La soledad no deseada entre los mayores es un problema cada vez más abordado entre profesionales, organizaciones sociales y también la Administración. Aunque es cierto que un porcentaje de las personas mayores es, en la actualidad, más activo, saludable, con poder adquisitivo y con mayor nivel educativo, también lo es que algunos cambios relacionados con el ciclo vital —como la jubilación o las pérdidas de seres queridos asociadas a la edad junto con posibles problemas de salud física y psicológica— pueden favorecer la presencia de sentimientos de soledad y de aislamiento.

Según los últimos datos de la Encuesta Continua de Hogares 2018, elaborada por el INE, en España hay 4.732.400 personas viviendo solas y de las cuales un 43,1 % tienen 65 o más años. Estos datos muestran información de la llamada “soledad objetiva”, es decir, aquella que se refiere a la falta de compañía (no siempre implica una vivencia negativa) debido a diversas circunstancias.

Sin embargo, no existen prácticamente datos sobre la “soledad subjetiva o no deseada”, aquella que padecen las personas mayores cuando se sienten solas, ese sentimiento doloroso y temido y que nunca es una situación buscada.

“El sentimiento de soledad no deseada, que es el que tiene un impacto muy grave en la salud y en el bienestar y en la calidad de vida, es un sentimiento subjetivo que es muy difícil de medir”, explica Elisa Sala, Coordinadora del Observatorio de la Soledad de Amics de la Gent Gran.

Esta Fundación lleva muchos años luchando contra la soledad y la marginación de las personas mayores mediante el acompañamiento emocional de personas voluntarias y la sensibilización de la sociedad con el desarrollo de proyectos sociales y campañas. Cuentan con 16 delegaciones que luchan activamente acompañando a personas en más de 36 municipios catalanes. En la Comunidad Valenciana y Aragón también tienen presencia porque forman parte de la Federación Amigos de los Mayores.

Gracias a la importante labor que están llevando a cabo, muchos mayores han vuelto a sentirse queridos e integrados en la sociedad, una de las condiciones clave para envejecer activamente y prevenir la dependencia.

 

Cultura de ayuda mutua

El abordaje de la soledad no deseada de las personas mayores es uno de los grandes retos del siglo XXI porque se están dando una serie de condiciones que tienen que ver no solo con la longevidad demográfica sino también con la organización social.

“Creo que estamos en situaciones muy diferentes las sociedades mediterráneas y colectivistas como la nuestra y las sociedades más individualistas como las del norte de Europa o anglosajonas. En nuestra cultura existen valores que tienen que ver con la ayuda mutua, con el acompañamiento vecinal y comunitario, mientras que en las culturas más individualistas el hecho de ser autosuficiente es un valor añadido”, apunta Elisa Sala.

Para Sala, el sentimiento de soledad tiene que ver mucho con las expectativas de los individuos. En el caso de la sociedad mediterránea dichas expectativas son más altas, esperamos más de la familia, amigos y de la gente que tenemos alrededor. “Probablemente por eso nuestro sentimiento de soledad sea mucho más alto, sin embargo, en las otras sociedades el individuo se construye a sí mismo y no espera nada del otro”.

El informe europeo Loneliness, an unequally shared burden in Europe ofrece datos sobre prevalencia de la soledad y del aislamiento social. Más de 75 millones de adultos europeos (18 %) se reúnen con la familia o los amigos como máximo una vez al mes, y alrededor de 30 millones de adultos (7 %) se sienten solos con frecuencia.

Según este informe, las personas mayores sufren más aislamiento social que otros grupos de edad. En comparación con las personas de 26 a 45 años, los adultos de 65 años o más tienen 9 puntos porcentuales más de probabilidades de no participar con frecuencia en actividades sociales. Esta cifra supera los 15 puntos porcentuales en Europa oriental.

Una vez más, los lazos familiares, las distintas culturas y la cercanía de las amistades pueden impulsar las variaciones regionales.

 

Enfoque interdisciplinar

Está demostrado que la soledad tiene un alto impacto en todas las esferas de la persona, afectando directamente a la calidad de vida y a su bienestar emocional. “A nivel físico podría afectar negativamente a la presión sistólica de la persona, aumentar la obesidad, deteriorar el sistema locomotor, disminuir la capacidad funcional y afectar al sistema inmunológico, entre otras cosas”, explica Raúl Vaca, Gerontólogo, Neuropsicólogo y Vocal del Área de Ciencias Sociales y del Comportamiento de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología.

Además, en lo que respecta a la salud psicológica, el nivel cognitivo de la persona podría empeorar o aumentar el riesgo de padecer algún tipo de demencia, problemas de sueño, otros trastornos mentales e incluso síntomas depresivos.

Según Raúl Vaca, la evidencia científica señala que las intervenciones que mejor funcionan para reducir la soledad y el aislamiento social son las que utilizan los recursos comunitarios y piden a los participantes que sean proactivos en todas sus fases.

“En el curso Soledad y personas mayores, organizado por la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG) se defiende que para abordar estos problemas se ha de hacer bajo una óptica interdisciplinar. Es necesario facilitar y ofrecer oportunidades de participación social a las personas que presentan estos sentimientos. Además, estas oportunidades deberían responder a sus necesidades y recoger sus deseos y preferencias”.

El objetivo es empoderarlas y potenciar la creación de redes sociales duraderas y estables que sirvan como protección ante la presencia de dichos sentimientos. Y para ello es necesario diseñar una estrategia estatal contra la soledad no deseada. “Somos conscientes de que el gobierno tiene en mente desarrollarla. Es importante que esta estrategia tenga en cuenta, por una parte lo que dice la evidencia científica: trabajar desde un enfoque interdisciplinar, analizar las causas multidimensionales de la soledad no deseada, potenciar los recursos comunitarios y la participación de las propias personas afectadas y, finalmente, sería absolutamente necesario dotarla de un asignación presupuestaria propia suficiente”, señala Raúl Vaca.

Esta estrategia  también ha de ser flexible, adaptándose a las peculiaridades de los diversos territorios, de las diversas culturas e identidades, a los estilos de socialización, valores,  intereses y hábitos de las personas. “Una estrategia estatal capaz de ofrecer soluciones plurales, flexibles y diversas”.

 

Acciones para combatir la soledad no deseada

Gema Pérez-Rojo, doctora en Psicología y profesora titular del área de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico de la Universidad CEU San Pablo de Madrid destaca la importancia de tres acciones que ayudarían a reducir la soledad no deseada y el aislamiento social.

  1. Promoción del envejecimiento activo. Esto permitirá que las personas envejezcan en las mejores condiciones posibles a todos los niveles para evitar los factores de riesgo que pueden conducir a la soledad. “Además, si se promueve el envejecimiento activo, las personas mayores podrán vivir en sus casas el mayor tiempo posible, que es lo que todos desean. La soledad en personas mayores en residencias es mayor que en aquellos que viven en la comunidad”.
  2. Fomentando la participación social y la integración de la persona mayor en la sociedad actual. “A todos nos gusta sentirnos parte de algo, nos da valor, da sentido a nuestras vidas y nos hace sentir satisfechos. El contacto social es fundamental para fomentar la inclusión social, el apego y vínculo con el lugar y la satisfacción en general”, explica Pérez-Rojo.
  3. Empoderando a las personas mayores. Ayudándoles a ponerse en valor y a defender sus derechos. Muchas personas piensan que la gente mayor ya no puede decidir por sí misma, no aporta nada a la sociedad y son una carga económica y social. “Todo eso provoca que se tenga una imagen negativa del envejecimiento que puede llegar a producir una discriminación basada en la edad y conducir a la soledad”.

Para todo ello para Pérez-Rojo pueden ser necesarias, por un lado, herramientas que permitan detectar las situaciones de soledad no deseada, ya sea física o no y, por otro lado, el diseño de programas de intervención dirigidos no sólo a personas mayores, sino a la sociedad en general y a los profesionales en contacto con las personas mayores con el objetivo de reducir esas situaciones.

 

¿Qué queda por hacer?

Para Elisa Sala, coordinadora del Observatorio de la Soledad de Amics de la Gent Gran, “es necesario activar procesos de intervención comunitaria, políticas públicas y sociales de tipo comunitario en las entidades locales. La soledad, sobre todo, es de gestión local por lo que habría que hacer una apuesta en este sentido”.

En su opinión, un paso previo sería generar conocimiento primero con estudios y datos de la soledad no deseada, el aislamiento social y la soledad y el género ya que disponer de esta información permitiría dotar de recursos y de capacidad para actuar a las entidades locales y servicios sociales. “Estamos en el momento de abordarlo desde el punto de vista social, saliendo de la lógica individual y así poder apostar por la inclusión de valores comunitarios y de ayuda mutua”, concluye Sala.