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Los datos y el COVID-19: ¿de qué puedo fiarme?

En los últimos tres meses nos hemos visto inundados por un maremágnum de cifras y conceptos que para la mayoría de nosotros son difíciles de entender o de interpretar: incidencia, prevalencia, tasa de contagio…. Hemos vivido momentos de mucha incertidumbre, de baile de cifras, de cambio repentinos en la forma de medir lo que está ocurriendo, y que nos sumen en la inseguridad y nos hace desconfiar de la información que nos llega a través de las autoridades, de la prensa, e incluso a veces, de la comunidad científica.

El baile de cifras ha llegado hasta tal punto que muchos grupos de investigación españoles han visto como los cambios en la metodología usada por las autoridades sanitarias en los informes del coronavirus daban al traste con su trabajo.

En los últimos días escuchamos constantemente el término “exceso de mortalidad”, y estas líneas quieren poner de manifiesto la importancia de este término a la hora de evaluar el impacto del COVID-19. Para muchos es el criterio de referencia a utilizar, e incluso se considerada la única cifra que permite comparar, de una forma justa, el impacto de la pandemia entre países, comunidades autónomas o municipios.

El exceso de mortalidad es un concepto usado frecuentemente en el ámbito de la Salud Pública y la Epidemiología y hace referencia al número de muertes que ocurren durante una crisis y que superan al número de muertes que se podían esperar en condiciones normales. En concreto, la Organización Mundial de la Salud define el exceso de mortalidad  como:

 “La mortalidad que es superior a la esperada en una determinada población en una situación de no-crisis, y que por lo tanto es atribuible a las condiciones de dicha crisis.” 

Para calcular el exceso de mortalidad en un periodo determinado miramos al número de personas que han fallecido en ese periodo y las comparamos con la que se esperaban que hubieran fallecido.

Exceso de defunciones = Defunciones observadas- Número de defunciones esperadas

Pero, ¿cómo sabemos el número de personas que se espera que fallezcan en circunstancias normales?, para conseguirlo utilizamos el número medio de fallecimientos durante el mismo periodo en años anteriores (normalmente se utilizan los 5 años anteriores). En la ausencia de una crisis, en general, existe poca variabilidad en el número de años. Observando las defunciones en años anteriores podemos obtener este punto de referencia

Por ejemplo, el siguiente gráfico muestra el número de defunciones diarias,  esperadas y observadas, entre junio de 2018 y Mayo de 2020. Además de las defunciones esperadas, se incluye un “intervalo de confianza” (en gris) que nos indicaría los límites razonables donde se podría mover la mortalidad (ya que asociada a cualquier estimación hay una incertidumbre que ha de ser tenida en cuenta). Vemos claramente como en otras situaciones hay incrementos en la mortalidad, algunos esperables, como los debidos a la gripe, y otros no tan predecibles, como son los debidos a las olas de calor que sufrimos ocasionalmente. Sin embargo, el incremento sufrido entre Marzo (el inicio señalado por la línea vertical) y Mayo de este año es algo sin precedentes.

 

Sin embargo, la fiabilidad de los datos diarios es cuestionable por varias razones: cambios de criterio en cuanto a al recuento, retrasos en los registros civiles, etc., por lo que quizás es más ilustrativo y menos susceptible a críticas estudiar el exceso de defunciones en un periodo más amplio. Ahora que ya han pasado casi tres meses desde el inicio de la pandemia, empezados a tener un marco temporal más fiable. Miremos, por ejemplo, el periodo entre Marzo y Mayo de 2020 que comprende los meses más críticos de la epidemia. En este caso, el exceso de moralidad se calcula como:

 

Exceso de defunciones Marzo-Mayo 2020= Defunciones observadas Marzo-Mayo 2020 – Número medio de defunciones Marzo-Mayo (2015 a 2019)

Fuente: Instituto de Salud Carlos III

 

En este periodo, a nivel nacional, el exceso de defunciones es del alrededor del 45% sobre las que eran esperables. En algunas comunidades autónomas como la Canarias, Baleares, Galicia o Andalucía el exceso no ha llegado al 10% sobre lo esperado, mientras que en otras como Madrid o Castilla La Mancha el número de fallecidos ha sido más del doble de lo esperado.

Una característica de la medida del exceso de mortalidad es que no distingue entre la gente que murió por el virus, ”muertes directas”,  y las “muertes indirectas” causadas por los daños colaterales de la disrupción masiva en el sistema sanitario, y como resultado de la reticencia de muchas personas a ir al médico o al hospital (se estima que un 25% del exceso de mortalidad es debido a causas indirectas). Hay muchas voces del mundo de la política que no quieren atribuir estas muertes indirectas al COVID-19, pero hay que mirar los efectos del COVID-19 en un ámbito más extenso, más allá de la causa de muerte en el certificado de defunción. Sobre todo, por la valiosa información que esta distinción nos está ofreciendo: si el exceso de muertes directo continúa subiendo, indicaría que son necesarias medidas más duras para controlar el virus, o que las medidas tomadas hasta ahora deberían prolongarse. Sin embargo, si lo que incremente son las defunciones indirectas, esto puede sugerir que medidas de confinamiento han de relajarse o que las autoridades han de tomar medidas para asegurar que cualquier persona enferma por cualquier causa reciba tratamiento médico.

La buena noticia es que a finales de Mayo las cifras de defunciones han vuelto a los márgenes de lo esperable y que en los próximos meses tendremos a nuestra disposición información mucho más fiable. Si dejamos de utilizar los datos para justificar nuestras decisiones o defender nuestros errores y los ponemos realmente al servicio de nuestra sociedad, nos daremos cuenta de que tenemos en nuestra mano una valiosísima fuente de información que nos puede permitir tomar decisiones más informadas y aceradas en el futuro, confiemos en así sea.

Sobre el autor

Dra. María Luz Durban Reguera
Catedrática de Estadística y Vicerrectora Adjunta de Estudiantes en la Universidad Carlos III de Madrid